Empacar las macetas
- Daniela Mora

- 28 mar
- 4 Min. de lectura
A lo largo de los años, me he vuelto experta en empacar. Lo hago en tiempo récord; no importa si son chamarras, pantalones, camisas, blusas, zapatos, artículos personales, accesorios, muebles, decoraciones, libros… en fin. Es mi talento más desarrollado. Como consecuencia, también soy experta en las renuncias, en irme y decir adiós, olvidar quién fui y con quién estuve. Lo único que todavía no domino es empacar macetas. Siempre las tengo que dejar porque no hay manera de llevarlas en un viaje de 12 horas para cruzar el país. Podría llevarme dos o tres macetas, pero, por alguna razón, siempre termino con más de veinte.
Si no me las puedo llevar todas, mejor las dejo. Si fueran macetas normales con plantas normales no habría problema: se las regalo a alguien que las cuide. El problema es que en mis macetas sembré relaciones, amistad y amor. Las cuidé. Les di sol, agua y cariño; les dediqué tiempo y abrazos. No me las puedo llevar, pero tampoco las puedo regalar. Sería como regalar un pedazo de mi. ¿Por qué haría eso? ¿Por qué me haría eso? No sé si regalarlas es mejor o peor de lo que hago: me voy y las abandonó; no hago nada con ellas. Las dejó morir. No hablo, no visito. No hago nada.
Creo que es mejor no tener macetas. Más bien, creo que yo no debería tener macetas. Mato a los cactus con demasiada agua; a las plantas de sombra, con demasiada luz; a las que no son plantas, de olvido.
A veces, cuando ya estoy lejos, esas plantas que no son plantas se estiran y sus hojas me sofocan, sus raíces se enredan en mi cuello y me aprietan; mandan mensajes cuatro veces al día y me preguntan cada semana que cuándo voy a regresar.
“Nunca”, les quiero contestar. He llegado a la conclusión de que es mejor dejar silencio de por medio. Paulatinamente, esas macetas se quedan sin tierra; las plantas dentro se secan. Mueren a falta de sol y oxígeno. El suministro de aire que mantenía viva la conversación se acaba; las ventanas por las que entraba luz y reconocimiento se cierran, y el agua que las mantenía verdes deja de correr. De vez en cuando las recuerdo y pienso en yo ser quien se estire y se enrede, pero no soy capaz de hacerlo.
Soy asesina parcial. Hay plantas que no mato yo, sino que cometen suicidio; se esconden en los recovecos de mi casa y me es imposible encontrarlas. Huyen de mí. Poco a poco, se llenan de polvo y abandono recíproco. Otras plantas deciden escabullirse y salir de mi casa; se van de noche y en silencio, encuentran otras casas y otros soles. No hay nada que yo pueda hacer. Incluso si regresan, incluso si vuelven a florecer, siempre quedan hojas muertas.
También he tenido plantas que simplemente no crecen; no importa si las muevo de lugar, si les cambio la tierra, la composta, el agua con las que las riego o la manera de hablarles. Me duele mucho cuando la relación no avanza. Después, me doy cuenta de que con ellas jamás iba a funcionar; tenían necesidades que yo no podía satisfacer: pedían demasiado tiempo, demasiada atención, demasiado cariño… No había comprensión de por medio. Yo quería dar poco y recibir mucho. Ellas necesitaban mi alma completa para vivir, pero yo solo sé tratar con plantas que florecen con pocas visitas. Para ahorrar sufrimientos, las mato de inanición mucho antes de irme.
Y luego están las que se llenan de plagas y bichos. Lentamente, el verde de las hojas se convierte en amarillo. Son plantas con las que hablaba a diario, hasta que las plagas las dejaron mudas. La conexión se vuelve amarga y me embarga la melancolía de lo que fue. A veces, las saludo y les pregunto cómo han estado, pero nunca vuelven a ser las mismas; se quedan a medias, con hoyos y descoloridas. Cuando ya no estoy, la situación empeora muy rápido. Nos olvidamos mutuamente.
Hay, en específico, casos muy particulares en los que las raíces de las plantas se volvieron tan fuertes y tan largas que se metieron por debajo de mi piel y se entrelazaron con mis huesos de la manera más suave y amable posible.
Sus hojas cubren mis músculos y las flores se anidan en mi inconsciente. Me aman con paciencia. Se arraigaron tan profundo en mi existencia que son las únicas que llevo conmigo a todas partes.
Siempre digo que ya no voy a tener más macetas porque todos los lugares a los que voy son pasajeros. Pero al llegar, anhelo la conexión y la compañía, así que consigo una maceta, luego dos… Cuando me doy cuenta, ya tengo más de las que puedo cuidar. No puedo evitar caer en el círculo vicioso que yo misma creé. Siento que soy una consumidora inconsciente de macetas: las lleno de tierra y siembro raíces, pero me desespero si no crecen lo suficientemente rápido o si ocupan demasiado espacio en mi vida. Las desecho y consigo nuevas. Aun así, cuando es momento de empacar toda mi vida, meterla en cajas que después aviento en camiones de mudanza, pienso en todas las plantas que sembré.
No importa si florecieron o si murieron a los dos días, las recuerdo todas. Y, por unos breves segundos, justo antes de partir, pienso en ir a abrazarlas y prometer amor eterno. Mi mente se divide entre la necesidad de irme y la nostalgia de lo conocido.
En algún momento entre empacar y mi partida pienso en Winnie Pooh diciendo “Qué suerte tengo de tener algo que hace que decir adiós sea tan difícil.” La frase me persigue durante todo el camino, da igual si voy a cien kilómetros por hora siempre me alcanza, y la idea de no haber valorado mis macetas lo suficiente me carcome.
Terminó con un sentimiento de agradecimiento pasajero hacía las plantas que sí sobrevivieron y que me hicieron sobrevivir. Es ese sentimiento el que me hace imposible renunciar a las macetas.
Daniela Mora
Alumna de Literatura y Creación Literaria




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