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La biblioteca infinita


Declinaba el verano y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad.


Jorge Luis Borges, El libro de arena



El hombre más viejo del mundo despierta en una suerte de casona; es tan vieja como el anciano mismo y parece no tener pared alguna. Tras abrir los ojos, el antiguo señor observa con detenimiento la extensión de aquel extraño patrimonio. 


A la mitad de un pasillo infinito, compuesto de estanterías tan altas como el techo, se hallan acomodados los libros gordos de la colección más completa que existe. El piso es de roble y las luces de papel yacen incrustadas entre los pilares de las repisas; un ambiente cálido. El anciano, curioso estropajo, inicia su recorrido por la aparente biblioteca.


Con cada paso trabado que da, un camino de polvo se asoma. Mientras deambula por ahí, la morada abandonada desde hace ya tiempo emite uno que otro quejido. Llegado al pasillo principal, tras una larga caminata entrecortada, el hombre se da cuenta de la envergadura de la zona: el caos libresco de estanterías que se yerguen por todos sitios.


No vislumbra ni el final, ni la salida, ni ninguna otra cosa que no sea textos empolvándose. No entiende cómo es posible que tantos ejemplares quepan en un solo lugar. Siendo un ocioso lector desde que tiene memoria, el viejo es impulsado por capricho hasta las hojas de uno de los miles de escritos acomodados en las paredes, toma un volumen y, temeroso de quebrarlo, dada su antigüedad, lo hojea. Llega hasta la página cuarenta y cinco, donde lo aguarda el siguiente texto:


El fin de la Segunda Guerra Mundial.

Sucedió en 1945. En mayo terminaba el conflicto más atroz de la historia de la humanidad, dejando tras de sí un continente devastado y tambaleante tras la caída de dos bombas atómicas…


Cierra el tomo de un solo movimiento. Investiga otro de pasta dura, esta vez en la página ciento ochenta y uno, en el párrafo siguiente:


2001: El 11 de septiembre en los Estados Unidos suceden los atentados a las Torres Gemelas en Nueva York, al Pentágono en Washington y en una zona rural en Shanksville, Pensilvania, dejando un total de 3016 muertos…


El viejo se da cuenta también del orden alfabético de las fichas con letras en las esquinas superiores. T de Tragedias. La indicación lo manda hasta el conjunto de la letra de enfrente, junto a los incontables organizadores. Abre un nuevo libro en la página 22: 


La ciencia actual afirma que el Universo en el que estamos, nació mediante una gran "explosión inicial" hace unos 13.700 millones de años, cuando aún no había estrellas ni galaxias, cuando el Universo empezaba a hacerse material…


U de Universo.


En el pasillo contiguo, la U de Utopía, habitaban los relatos más populares referentes a las sociedades imaginativas del ser humano: las económicas, las religiosas, las políticas y las literarias. Historias enteras apiladas en las subdivisiones A de Atlas, F de Fahrenheit y G de Gulliver, todas descansando en el olvido de la residencia.


Al obstinado vejestorio le llega una idea: pretende buscar algún texto sobre Tønsberg, su pueblo natal. En T, pasan treinta largos minutos hasta que encuentra la sección Travesías. Su objetivo debía ser alcanzado por las escaleras integradas, por lo que sube a unos buenos metros de altura hasta estar frente al título Tønsberg y otras urbes. El hombre procede entonces a su lectura:


Tønsberg es una ciudad y municipio del sur de Noruega. Ubicada en la provincia de Vestfold og Telemark, su capital, se la consideraba la ciudad más antigua de Noruega, aunque en la actualidad se acepta fue fundada hacia el siglo XII…


Lee por varias horas, confirmando así la veracidad de los datos, cada vez más asombrado por la cantidad de detalles minuciosos con la que se describen los lugares que su infancia ha visitado. No contento con esto, decide buscar su nombre. Siguiendo la teoría de que los libros contienen todo tipo de información, cree que es probable que su linaje y su historia permanezcan inmortalizados en algunos pasajes. 


El anciano opta por la N de Nombres, donde halla más anaqueles de lo normal y donde duermen enlistados los nombres de todas las personas del mundo. Tarda unas cuantas horas en localizar el apartado. Arrumbado en el fondo de la repisa de en medio, la inscripción: Bjorn Rasmussen. Entre intriga y desasosiego, Bjorn pasa por la imagen que se hubiera escrito de su persona hasta el capítulo tres:


El pequeño Bjorn cumple dieciocho años y con ello aparecen un sinfín de inseguridades. Su madre ha fallecido recientemente y su hermano menor no deja de echarle la culpa…


La tristeza y el rencor vuelven estrepitosos hasta su mente mientras brinca hasta los capítulos siguientes:


El señor Rasmussen, en su cumpleaños número cincuenta, añora los días en los que acompañaba a sus hijos a la montaña. Su esposa lo llama desde la cocina:


– ¡Bjorn, hora de comer! – chilla la bella mujer.

– ¡Momento! – replica su marido…


La exactitud con la que el texto narra los hechos es perfecta. ¿Quién ha escrito todo esto? ¿Cuál era el propósito de dicha información? ¿Cómo puede alguien saberlo todo? ¿Es esta la casa de algún ser superior, de algún tipo de dios? Da igual, su relato continuaba:


Bjorn despierta a la mitad de un pasillo desconocido. Sus ciento veinte años y su curiosidad lo invitan a investigar el contenido de los libros desplegados a su alrededor.


Sospechosamente similar, la lectura lo poseyó con curiosidad pura:


Bjorn lee con detenimiento la historia de su vida. Incrédulo por el texto que dibuja sus inmediatas acciones, cierra el libro bruscamente…


Y así lo hace, sella el libro con violencia, aunque una vez más recurre a las páginas, pues sus palabras comienzan a asesinarlo con intriga:


Bjorn retoma la lectura desde este mismo enunciado, leyendo con trabajo lo que sucederá a continuación. Ansioso, y harto de leer lo evidente, procede al final de su documento…


Aterriza al final de su tomo, unas cuantas páginas adelante, en las últimas líneas que dicen:


Bjorn, derrotado, sucumbe ante la luz. Su protagonismo, impregnado por la sabiduría eterna, lo convierte en el celador de la biblioteca. La misteriosa figura se desvanece con júbilo. Paralelo, un nuevo libro suyo se escribe, uno que él leería más adelante, cuyas primeras líneas rezan: "Bjorn forma parte del infinito, desapareciendo por siempre de su mundo".


Su libro cae, la impresión que su propio texto le transmite lo deja atónito. Un susurro al final del pasillo interrumpe el impacto:


Bjorn… – la figura de un bibliotecario que emergió de repente y que sostenía un pergamino rancio y una lámpara oxidada.


– ¿Quién eres? – formuló el viejo Bjorn.


– Soy aquel de un solo ruido, aquel que ha visto lo que está por ser, que a su vez es lo que ha sido, es y seguirá siendo hasta el fin.


– ¿Y eso qué demonios significa?


Soy el celador… y he venido por ti.



"Bjorn aceptó entonces su destino, dejándose guiar por la luz del vigilante nocturno. Pronto le pondría fin a su enigma temporal, pues sería él quien reemplazaría a aquella fantasmal figura, que no era otro que no fuera él mismo."


Fin

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