Igualapa
- Valeria Corona Alarcón

- 24 dic 2025
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 24 dic 2025
El enorme jardín frontal de la casa se convirtió en un lugar de convivencia. La lona blanca que apenas protege del sol permite que el aire refresque a los invitados sin dejarlos ver el cielo.
La abuela Gloria, la cumpleañera, aunque sentada en una de las orillas altas del jardín, puede mirar todas las mesas mientras habla con sus amigas sobre el pasado. Terminada la comida, la gente hace sobremesa con pláticas y café.
—¡Yaya! ¡Venga! —la anima su nieto mayor—. ¡Vamos a bailar que ya le puse su canción!
—Mejor más al ratito, mijo. Todavía es muy temprano. Deja que baje más el sol. Nadie va a querer con este calorón.
—¡Claro que sí, doña Goya! —interrumpe un invitado—. Si usted baila, nosotros la acompañamos. Siempre es un honor; nos hace recordar los viejos tiempos —Él le guiña un ojo; ella sonríe con timidez.
—Ya ve, Yaya. Todos queremos que baile. ¡Ándele! ¡Yo con usted!—. La anciana lo piensa un poco. Al final, cede. Después de todo, solo es una canción.
Se levanta y sube a la improvisada tarima de madera, dispuesta como pista. Su nieto la toma de la mano. Al llegar al centro, ambos se sueltan. El chico saca un paliacate rojo, que toma por una punta; la abuela toma su falda y ajusta la postura. Ambos esperan la señal musical.
Truena la trompeta, luego el platillo. “Igualapa”, de Los Magallanes, una chilena guerrerense, piensa Gloria. Ambos comienzan a moverse. Dan pequeños brincos, un zapateo ligero siguiendo una sola trayectoria: un círculo. Los cuerpos giran, pero las caras siempre quedan de frente, sin dejar de mirarse. La voz del vocalista suena firme y un poco aguda sobre el resto de los instrumentos.
Me miran como yo a esa bailarina la primera vez que vi una danza regional, se dice Gloria. Expectantes, maravillados, como si yo todavía estuviera buena pa’ cargar una enorme canasta llena de flores en la cabeza y bailar al mismo tiempo… Como si todavía pudiera dar un buen show.
Igualapa, tierra de indios, yo te canto mi chilena...
El verso la regresa al presente. El fondo musical predomina de nuevo. Las zapateadas se hacen más fuertes. Siento que zapateo como cuando tenía 13. La maestra Rocío me regañaba por pegar con las puntas y no con el talón. Decía que lo hacía sin fuerzas. El recuerdo hace que Gloria se enderece y zapatee con firmeza, a pesar del dolor.
Acatepec es muy hermoso por sus cosas del ayer...
El ritmo baja de nuevo; la voz vuelve. Gloria aminora el paso. Cosas del ayer… Del muy ayer… Como mi primera gran presentación de baile, con mi mamá en las gradas junto a mis tías y el sonido del jarabe tapatío rebotando por el teatro. Recuerdo lo viva que me sentí: faldeaba mi vestido rosa mexicano semejando una azucena. Ese día marqué los pasos como si no hubiera un mañana. Creo que para entonces ya tenía 18 y obtuve mi pase a la academia de baile. ¡Ja! Cómo olvidar los entrenamientos y castings. La mejor época de mi vida. Hasta… ese día.
El ritmo se acelera de nuevo. El joven taconea con fuerza. Gloria siente una presión en el pecho, pero su lado de bailarina profesional la obliga a seguir el paso.
¡Adiós, mi tierra Igualapa, con su hermosa gachupina! ¡Igualapa, tierra de indio, mi chilena aquí termina!
Al escuchar el siguiente verso, su ritmo vacila. La presentación ya había empezado. Era mi debut como bailarina profesional. El recuerdo llega a Gloria con la misma velocidad de la canción. También bailábamos chilenas. Su pulso se acelera. Y en el público había un blanco. Sus manos tiemblan. Los hombres entraron encañonados. Su paso se detiene poco a poco. Peinaron el lugar. Alguien le habla. No entiende. El hombre trató de huir a la parte de atrás. Hiperventila. ¡Disparo! El hombre abatido sobre el escenario. La madera bajo sus pies tiembla por el zapateo de las otras parejas que no vio. Así tembló el escenario antes de la bala. Un dolor agudo le atraviesa la pierna que, desde ese día, renguea. El cuerpo cae. Un sonido seco sobre la tarima.
—¡Yaya! ¡¿Yaya, me escuchas?! —grita el nieto desesperado, tomando a la vieja entre los brazos. Los invitados corren alrededor. Sus amigas lloran y sus hijas gritan al teléfono pidiendo una ambulancia. Gloria, desparramada en la tarima, llora y se retuerce en shock por el recuerdo.
El hombre cayó junto conmigo y otras chicas del grupo. Ella sigue sin escuchar. Mataron a su familia enfrente de él por intentar escapar. Mi mamá se había sentado con la esposa del hombre. La confundieron. Un pinchazo le perfora el corazón. Desperté huérfana y sin carrera. Aún en el piso, Gloria no deja de sentirse mareada. Ojalá hubiera muerto ahí, sobre el escenario, sin el remordimiento de ya nunca poder terminar ninguna pieza, sin haber huido de cada academia que me quiso contratar como maestra. Parpadea con pesadez. Ojalá hubiera sido ahí, con el reflector enfocándome y la sangre tiñendo mi vestido.
Cuento corto
Valeria Corona Alarcón
Alumna de Literatura y Creación Literaria




Comentarios