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Volverse mujer

Actualizado: 24 dic 2025

Renata Castro brincó de la cama cuando Las mañanitas de Cepillín, en muy alto volumen, inundaron su cuarto. Sus padres, cantando, sostenían un pequeño pastel de betún rosa y blanco que en la punta tenía una vela con el número 15. Después de abrir bien los grandes ojos marrones, Renata les sonrió a sus papás y, al terminar la canción, sopló la vela. 


A pesar de los comentarios de sus amigas, ella aún disfrutaba del contacto físico de sus padres y de las atenciones que recibía como la princesa de la casa. Cuando su madre se acercó a darle un beso y un abrazo, no dudó en prolongar el momento.


—¡Muchas felicidades, princesa! —exclamó su padre cambiando de lugar con su esposa— Ya eres toda una mujer…, aunque algo desaliñada. 


Ella se rio. Tenía el cabello enmarañado por las emocionadas y nerviosas vueltas que había dado en la cama la noche anterior.


—Bueno, querida, tienes que bañarte porque la peinadora no tarda en venir y tienes que estar guapísima para tu gran día —le recordó su madre tomándola de las manos—. Pero antes… toma: tu regalo. —La madre le extendió un sobre cerrado, sin dedicatoria.  


Con los ojos iluminados de alegría, la niña lo inspeccionó. Renata creyó saber qué era… ¡Los boletos que tanto había esperado! Sus dedos, ansiosos, volaron hacia el sello para descubrir si había acertado. 


—¡Epa! Todavía no, princesa —su padre dijo arrebatándole el sobre—. Podrás abrirlo más tarde junto a la otra sorpresa. 


—¿Otra sorpresa? ¿¡Hay más!? ¿¡Qué es!?


—Ya lo sabrás y, mientras llega el momento, yo guardaré esto —Renata se sonrojó. Su padre la conocía bien. Acarició la mejilla de la niña con gesto amoroso antes de declarar—. Te va a encantar; lo sé… 


Ella volvió a sonreír. Abrazó a sus padres y, cuando se soltaron, la madre presionó a su marido para que salieran de la habitación argumentando que, aunque llevaban meses preparando la fiesta, siempre quedaban detalles por resolver. Salieron. Minutos después, en la casa solo reinaba el sonido de la regadera y el canto emocionado de una quinceañera:


Besos de ceniza, alma quebradiza, ojos de inocente, corazón que miente… 


Cinco horas más tarde, la familia salió de la casa rumbo a la iglesia. Era hora de iniciar la celebración. Las puertas del templo se llenaron de saludos, felicitaciones y, más aún, de cumplidos por la enorme falda llena de brillos, o por el corsé ajustado de corte corazón con pedrería color palo de rosa, o por el peinado con el broche de gemas del mismo color, o por el ramo de flores frescas con finas tiras de luz que llevaba en las manos. «La princesa de los Castro se ve hermosa», decían al mirarla. Renata agradecía y aceptaba contenta la amabilidad de los invitados. 


Ya por entrar a escuchar la ceremonia, su padre se acercó a ella. Quería presentarle a alguien. 


—Hija, él es Hugo Garza, un viejo amigo.


Renata estrechó la mano de ese viejo de cabello semiblanco bien pegado a la cabeza con gel y traje negro impecable. El señor le pareció elegante, aunque más viejo de lo que debería. Sus ojos bailaban por toda la figura de Renata. 


Hugo la jaló y la envolvió con sus brazos, creando un gesto más íntimo de lo que se esperaría de un recién conocido. Ella se sacudió un poco. 


—Mucho gusto y muchas felicidades. Estás más preciosa de lo que recordaba y mucho más grande —rio.


—Hugo tenía muchas ganas de verte, cielo —añadió su madre—. La última vez apenas y caminabas. —Ambos hombres asintieron. 


—Pero mírate —dijo Hugo con orgullo haciéndola dar una vuelta—, de verdad que ya eres toda una mujer, y muy hermosa —sus ojos la recorrieron de arriba a abajo.


—Gra…gracias —respondió Renata incómoda. 


—Pero ¡vamos! Entremos a la iglesia —Animó Hugo—. Pronto hablaremos con más calma. 


Estuvieron de acuerdo y se acercaron a la puerta. Renata trató de preguntar a su madre de dónde conocían al señor. Ella sólo contestó que era un viejo amigo y que no se preocupara por eso. Después tendría tiempo de conocerlo mejor. Iba a contestar cuando el cura la llamó. Iniciaba la misa.


La ceremonia religiosa pasó rápido. Cuando salió el cura, Renata subió al altar para que el fotógrafo tomara fotos con cada familia que había asistido a la celebración. Hugo, uno de los últimos en acercarse, subió solo. La niña buscó entre la multitud si no estaba su esposa o hijos, porque al ser tan mayor debería tenerlos, ¿verdad?


—¿Dónde está su familia? ¿Por qué no suben a la foto? —preguntó ella.


—Ay, dulzura. Yo no tengo familia. Mi exesposa y yo no nos llevamos bien y mi hijo murió. Vine solo.


—Eso es horrible. Lo siento mucho. No sabía que había pasado eso, de verdad, lo siento mucho —apuró Renata. 


—Ja, ja, ja, no tienes que disculparte, linda. Pronto tendré otra familia, será mucho mejor que la anterior y más feliz, porque Dios siempre, siempre, siempre recompensa los tiempos malos. 


—¿De verdad lo cree? —dijo ella intrigada.


—Te lo aseguro —respondió él—. Ya lo verás. Falta muy poco para eso —«¡Miren para acá!, los llamó el fotógrafo»—. Lo lamento. Mira a la cámara, pequeña. Quiero que tengamos una buena primera foto, aunque tú ya estás preciosa. Es imposible que salga mal.


Hugo la tomó de la mano y tiró hacia él. El delgado cuerpo de Renata cedió ante la fuerza del hombre quien rápidamente puso la mano alrededor de la cintura de la quinceañera y la estrechó más. Quiso moverse, pero el flash la detuvo. «¡Va otra!», dijo el fotógrafo. Hugo la apretó más. 


Qué raro, pensó Renata mientras se obligaba a sonreír y sentía el movimiento lento de un dedo arrugado sobre el corsé, justo arriba de la falda. No huele como otros ancianos. Es diferente, como madera… ¿o naranja? No, es más como piel. ¿Sudor? Cuero. No me gusta.


—Todo listo, ¿quién sigue? —indicó el fotógrafo. Hugo miró a Renata sin soltarla.


—De verdad que eres preciosa, muñeca —El viejo se encogió para darle un beso en la frente. Un escalofrío sacudió el cuerpo de la niña. Antes de soltarla, susurró—. Ya toda una mujer. 


Ella se alejó más de él. Hugo bajó del altar y se quedó cerca de la madre que tenía los ojos acuosos. Otra familia subió para la foto.


Cuento Corto

Valeria Corona Alarcón

Alumna de Literatura y Creación Literaria

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