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Transformación de colores

Es fascinante, en el sentido más cínico del término, observar la deriva del Partido Acción Nacional. Lo que conocemos como el partido más desenmascarado de sus pretensiones, hoy parece un cascarón vacío, aferrado a ideas no solo viejas, sino refutadas. Han decidido abrazar un liberalismo económico al estilo Hayek: una doctrina que la realidad mexicana, con la experiencia del PRI de los noventa, se ha encargado de desmentir una y otra vez. En un mundo que debate sobre el capitalismo tardío y los límites logísticos de la industria frente a la crisis climática, el PAN sigue recetando el dogma del "mercado libre" como si estuviéramos en 1980. Pero su obsolescencia no es solo económica; es una confirmación de su naturaleza burguesa el cómo han hecho explícita una retórica que antes solo susurraban.


Cuando enarbolan su nuevo eslogan, "Tierra, Patria y Libertad", no podemos evitar notar que esa es la voz de sus facciones internas más tradicionalistas, aquellas que resuenan con las viejas consignas de Franco (“Todo por Dios y por la Patria”) y Mussolini (“Creer, obedecer, luchar”) y las nuevas de Milei y Vox ("Dios, Patria y Familia"). Este supuesto rebranding es, en realidad, una reafirmación superficial de su naturaleza, un intento de consolidar a los sectores más reaccionarios ahora que la fachada liberal ha demostrado ser inútil. Esta transformación del partido no es una estrategia novedosa; la hemos visto antes en otras organizaciones, como la refundación no oficial del PRD a Morena. Su alineamiento con movimientos internacionales, como VOX y la corriente MAGA, no es una importación, sino un reconocimiento entre pares. Creen que activando la conspiración de “la guerra cultural", que siempre fue parte de su ideología latente, van a encontrar el impulso que perdieron. 


Para que el PAN tuviera una mínima posibilidad de triunfar, necesitaría una refundación total. Tendría que hacer una purga de sus cuadros más dogmáticos, abandonar su soberbia y sentarse a entender las verdaderas demandas sociales del presente. Necesitaría un proyecto de país que vaya más allá de ser anti-AMLO. Pero, seamos honestos, la probabilidad de que eso ocurra es nula. Están demasiado cómodos en su burbuja, demasiado comprometidos con sus élites y demasiado asustados de la autocrítica. Mientras tanto, la juventud observa este espectáculo con indiferencia. Para las nuevas generaciones del siglo XXI, el PAN no es una alternativa: es una reliquia. El problema es que ese desdén no es exclusivo para el PAN; es un hartazgo generalizado hacia toda la clase política. 


Así llegamos al punto clave de este análisis: la ilusión de la oposición parlamentaria. El colapso ideológico del PAN no nos deja en un vacío; nos libera de una farsa. Es un mito liberal que estos burgueses son un contrapeso real. El verdadero escenario no es el monólogo del oficialismo frente a una oposición muerta, es la contradicción fundamental entre el bloque en el poder —administrado hoy por el oficialismo en nombre del capital— y la clase trabajadora. La falta de un proyecto opositor burgués viable solo clarifica una verdad material: la única fuerza capaz de ofrecer una alternativa al proyecto de nación no vendrá de los partidos del capital. Tendrá que ser, por necesidad histórica, una oposición de izquierda, anticapitalista y construida desde la clase trabajadora. El fracaso del PAN solo demuestra que la única alternativa al sistema actual es, y debe ser, comunista. 


Ensayo

Sergio Salvador Aguirre Covarrubias 

Alumno de Literatura y Creación Literaria

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