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La hipocresía de las jerarquías heterosexuales de poder en "La campana de cristal" de Sylvia Plath

En el prefacio al capítulo seis, Sylvia Plath, en su magistral obra La campana de cristal, retrata las relaciones heterosexuales como lo que son: una estructura de poder en la que a los hombres no se les exige lo mismo que a las mujeres.


Buddy me besó otra vez al pie de la escalera, y al otoño siguiente, cuando recibió la beca para entrar en, la facultad de medicina fui a visitarlo ahí en lugar de a Yale, y entonces descubrí cómo me había estado engañando durante todos aquellos años y lo hipócrita que era. Lo descubrí el día que vimos nacer al bebé. (Sylvia Plath, The Bell Jar, 1963).

Una mujer debe ser pura, impoluta y recatada —según la sociedad heteropatriarcal estadounidense del siglo XX. Susan Bordo, en su texto Unbearable Weight: Feminism, Western Culture and the Body (1993), concibe la feminidad como un conjunto de prácticas corporales, hábitos y representaciones culturales que disciplinan el cuerpo de las mujeres para ajustarlo a normas patriarcales de docilidad, delgadez, autocontrol y complacencia. Bordo sostiene que la feminidad no es una esencia natural, sino una construcción cultural producida mediante tecnologías sociales —como la moda, la dieta, la publicidad y los discursos médicos— que moldean el cuerpo femenino para volverlo “adecuado” a los ideales de la cultura occidental. La feminidad tradicional aparece, así, como un régimen de regulación del cuerpo, interiorizado por las propias mujeres, que garantiza la continuidad del poder patriarcal. Son estos mismos parámetros los que hacen sentir a Esther, la protagonista de la novela, atrapada en una cárcel de la que no puede salir, como si estuviera encerrada en una campana de cristal. Su relación con Buddy Willard expone este doble estándar que no le exige al hombre lo mismo que a la mujer; esto se ve reflejado, específicamente, en el capítulo seis de la novela.


El capítulo inicia con Esther yendo a visitar a Buddy al hospital en donde hace sus prácticas. Ahí, Buddy le explica que uno de los requerimientos para graduarse como médico es asistir, al menos, tres partos. Esther acompaña a Buddy a asistir uno. En este primer pasaje del capítulo, la protagonista empieza a cuestionarse toda esta fantasía idealizada de la familia tradicional y el amor romántico. Se da cuenta de que el proceso de parir un bebé es agotador y sumamente doloroso. Sin embargo, pareciera que se les miente a las demás mujeres al hacerles creer que ser madre es una de las dichas más grandes que puede haber en el mundo. Tal contradicción se pone en evidencia, de forma sutil, cuando Esther se plantea la siguiente duda respecto a la anestesia que se le administra a las madres cuando van a dar a luz:


Pensé que sonaba exactamente a la clase de droga que inventaría un hombre. Ahí estaba una mujer sufriendo dolores terribles, que obviamente sentía en todo momento o de lo contrario no habría gemido así, y luego volvería directa a casa y empezaría a buscar otro bebé, porque la droga la haría olvidar todo lo que había sufrido, cuando en un rincón secreto de ella ese pasadizo largo y ciego de dolor sin puertas ni ventanas aguardaba siempre para abrirse y atraparla de nuevo. (Sylvia Plath, The Bell Jar, 1963).

Es obvio que esta dinámica —en la que la mujer es quien se encarga de cuidar, proteger, parir, criar y se le delega todo el trabajo emocional y del hogar— no es en absoluto satisfactoria ni mucho menos empoderante; sin embargo, la sociedad de aquel entonces quería hacerles creer que sí lo era. Esto responde a una superestructura patriarcal heteronormada correspondiente a los valores conservadores americanos. Esther, por primera vez en su vida, se plantea la posibilidad de renunciar a esa imposición. Por esto, ella, en el capítulo anterior, menciona que la ilusión que tenía respecto a Buddy Willard y el amor romántico, en general, se esfumó el día que vieron nacer al bebé. 


Sin embargo, y aún con todo lo que acabo de mencionar, Esther no termina de desencantarse de Buddy hasta que él la lleva a su cuarto y tienen un encuentro sexual fallido. Para empezar, Buddy se saca el pene sin más, preguntándole si quiere agarrarlo, de la forma más anticlimática e insípida posible. Ella se siente decepcionada de que el primer encuentro sexual que tiene —con quien ella considera su ser amado— se dé de esta forma que le parece incluso ridícula:


No pude pensar en nada más que el cuello y las barbas de un pavo, y me llevé una desilusión. (Sylvia Plath, The Bell Jar, 1963).

Sin embargo, Esther no termina de desencantarse de Buddy hasta que le pregunta si alguna vez ha tenido un encuentro sexual con alguna chica. Él le confiesa que tuvo un amorío con una camarera de hotel. Si nos remitimos justamente al capítulo cinco, recordaremos que Buddy hizo sentir culpable a Esther por salir con otros chicos a la par que con él, cuando ella en realidad solo había dicho eso para sentirse a su nivel, ya que él estaba saliendo con Joan. Esther le pregunta si su madre sabía acerca de este amorío y Buddy le responde que lo supo en algún punto y decidió ignorarlo. Esther se da cuenta de que si ella hubiera sido la que tuvo una aventura con un hombre todos la habrían juzgado y señalado con el dedo. Es ahí cuando se desilusiona por completo del amor, de los hombres y especialmente de Buddy Willard, a quien tenía colocado en un pedestal. Tanta es su rabia que incluso se alegra de que él tenga tuberculosis para tener una excusa para romper con él. 


A lo largo de todo este viaje emocional que recorre la protagonista, se plasman las dinámicas heterosexuales estadounidenses del siglo XX, al menos desde la perspectiva de Sylvia Plath. Perspectiva que, a poco menos de un siglo de su publicación original, sigue dialogando con nosotros y nos muestra una realidad que aún existe. Lo único que podemos hacer como individuos es hacer frente a la superestructura patriarcal y dejar de perpetuar discursos nocivos para las mujeres, romper con las jerarquías de poder en nuestros vínculos románticos, deconstruir la forma en que vivimos nuestros afectos y destruir los roles de género para lograr un mundo en donde amar se sienta como libertad y no como estar atrapadas en una campana de cristal. 


Ensayo

Ginebra Lopez Alvarado

Alumna de Literatura y Creación Literaria

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