La nieve negra
- Emilio Quiroz

- 28 mar
- 2 Min. de lectura
La evocación de recuerdos suele ser propia de la gente de mucha edad. Tales memorias albergan momentos felices, llenos de plenitud. No para mí.
Con frecuencia tengo visiones de los sucesos oscuros que experimenté, así como de las anécdotas menores que sucedieron después, pero nunca se transforman en eventos concretos para rememorar. Recuerdo haber salido del hospital durante una noche con neblina. Mi esposa, mujer de sesenta años, acababa de morir tras una extensa lucha contra una enfermedad desconocida. Devastado, vagué por calles mudas hasta que escuché el toque de una campana.
Recuerdo estar al frente de las rejas de una capilla. No había un solo alma. El decorado de aquella iglesia era cuanto menos curioso; repleto de ornamentos de piedra cincelada, patrones grotescos que parecían formar rostros. En los costados, un par de gárgolas se asomaban hacia abajo, dispuestas a atacar a cualquiera que las mirase por demasiado tiempo. En el centro superior, un ventanal de fractales invitaba una figura tenebrosa de lo que parecía un santo o una virgen desaliñada.
El portón se hallaba entreabierto y crujía debido al viento. Evité los pequeños escalones de la entrada. El interior era opaco, repleto de bancos que se perdían en la sombra. El suelo resbalaba un poco. La única luz que se podía observar provenía de unas cuantas velas recién encendidas, colocadas estratégicamente en el atril del fondo, iluminando una extraña estatua de piedra.
Parecía la figura de un murciélago. Se apoyaba de un par de extremidades de las cuales se desprendían sus alas. Su cabeza carecía de ojos; en su lugar yacía un cráneo lleno de protuberancias, similar a un cerebro humano. De su pecho salían unos globos colgantes y su torso se extendía hasta el suelo para formar una larga cola.
Recuerdo haber visto un grabado en el pilar que la sostenía. El libro encima del atril tenía el mismo título. Imaginé que tal sería el nombre de la criatura, aunque el idioma de las páginas era igual de indescifrable. Los pasajes estaban acompañados de dibujos: figuras antropomórficas, demonios y artilugios anticuados. El material de las páginas era grueso y fino; la tinta, carmesí, bastante espesa.
El susurro cercano de una voz profunda y ronca apareció sin aviso. Comentaban algo que no pude distinguir. Mis manos comenzaron a sentirse pesadas, mi cuerpo se agotaba cada vez más y el sudor me empapó por completo. Mis piernas no me permitieron llegar a la salida. No podía moverme. Escuché cómo la puerta se selló detrás mía.
Las velas se apagaron de forma tan suave que parecía que tomaban un descanso. El sudor me volvía líquido. Solo podía mirar la estatua. Una lluvia oscura de trozos podridos comenzó a caer del techo. Mis arrugas comenzaron a poseer un tono grisáceo asqueroso. En mi pecho apareció una marca de quemadura simétrica. De mi piel nacía una estructura escamosa y puntiaguda. Mis piernas ya no dolían. No estoy seguro de haberlo vivido, pero desde entonces no puedo conciliar el sueño. A veces tengo visiones donde ella aparece. Pero incluso ahora, en medio de la nada, después de muerto, cae la nieve negra.
Emilio Quiroz
Alumno de Literatura y Creación Literaria




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