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La humanidad detrás del monstruo

Actualizado: 24 dic 2025

La nueva adaptación de Frankenstein, dirigida por Guillermo del Toro, va más allá de una simple reinvención del clásico de Mary Shelley. Es una película profundamente emocional, visualmente impresionante y llena de significado. Del Toro, reconocido por su fascinación por los marginados y los mundos fantásticos, transforma esta historia en una reflexión sobre la humanidad, la soledad, la creación y la necesidad de ser comprendido.


Desde el inicio, nos cautiva con su atmósfera. La fotografía de Dan Laustsen crea un universo onírico gótico: laboratorios húmedos, castillos en ruinas y paisajes envueltos en niebla. Cada imagen está meticulosamente elaborada, con una mezcla de belleza y melancolía que evoca a El laberinto del fauno o La forma del agua. Del Toro emplea el horror para conmover, no para aterrar. La criatura, interpretada con notable sensibilidad, no es un monstruo en el sentido tradicional, sino un ser que sufre por el rechazo. Su cuerpo cosido y su rostro desfigurado simbolizan una sociedad que teme lo diferente. En lugar de infundir miedo, despierta compasión. Se logra que el espectador vea en él un reflejo de la propia humanidad.



A diferencia de otras adaptaciones, esta película no se centra únicamente en el experimento. Pone el énfasis en la relación entre el doctor Victor Frankenstein y su creación. El Doctor, interpretado por Oscar Issac, logra una mezcla de pasión y culpa, no es un villano, sino un hombre impulsado por su deseo de desafiar los límites de la naturaleza. Su criatura, por otro lado, representa la inocencia que el mundo destruye. El guion otorga voz al monstruo, permitiéndole expresar sus pensamientos y emociones, lo que lo convierte en un personaje complejo capaz de reflexionar sobre su existencia y su derecho a ser amado. Esto transforma la historia en una tragedia sobre el abandono y la búsqueda de identidad, llevando al espectador a cuestionarse quién es realmente el monstruo: la criatura creada o el hombre que la creó.


Uno de los mayores logros de la película es su capacidad para conectar el mito clásico con temas contemporáneos. La creación de vida artificial, la ética de la ciencia y la soledad en un mundo cada vez más tecnológico son cuestiones que resuenan con fuerza. Del Toro convierte a Frankenstein en una metáfora sobre la deshumanización moderna, donde la criatura simboliza a todos aquellos que son excluidos o incomprendidos. El simbolismo visual refuerza esta idea. Los espejos, los reflejos en el agua y las sombras representan la dualidad entre nuestra verdadera naturaleza y la percepción que los demás tienen de nosotros. En una de las escenas más conmovedoras, la criatura se observa en un charco y comprende que su monstruosidad no reside en su cuerpo, sino en la mirada ajena. Este momento resume la esencia de la película: la verdadera fealdad se encuentra en la falta de empatía.



El elenco ofrece interpretaciones llenas de matices. Jacob Elordi le da vida a la criatura y transmite una conmovedora mezcla de ternura y dolor. Su mirada, más que sus palabras, expresa la tristeza de quien busca un lugar en el mundo. El Frankenstein humano, por su parte, encarna la ambición y el remordimiento de quien juega a ser dios y paga el precio de su soberbia. La banda sonora de Alexandre Desplat acompaña la historia con una delicadeza que potencia las emociones. Los temas musicales, a veces suaves y otras intensos, reflejan el viaje interior de los personajes. Todo en la película — desde la escenografía hasta el sonido— está diseñado para sumergir al espectador en una experiencia sensorial y emocional.


En su adaptación, Guillermo del Toro se aleja de los efectos especiales y se enfoca en la empatía, presentando una historia sobre la necesidad de amor y la aceptación. En un mundo donde la tecnología y la ciencia avanzan sin parar, la película plantea la pregunta esencial: ¿qué nos hace verdaderamente humanos? Sugiere que la respuesta radica en la compasión y la capacidad de reconocer la fragilidad del otro.



La película también puede interpretarse como una metáfora del proceso creativo del propio director. Al igual que el Doctor Frankenstein, del Toro da vida a sus criaturas cinematográficas con una mezcla de obsesión y ternura. Cada monstruo que ha imaginado, desde el fauno del laberinto hasta el anfibio de La forma del agua, es una forma de explorar la diferencia y la aceptación. En Frankenstein, esta idea alcanza su máxima profundidad. Es una película que combina lo visualmente impresionante con lo emocionalmente íntimo. Es una historia sobre la soledad, la creación y la necesidad de ser amado. Más que una historia de terror, se trata de una reflexión sobre la humanidad y sus límites.


Del Toro demuestra una vez más que los monstruos pueden ser los personajes más humanos del cine. Su Frankenstein no solo revive un mito literario, sino que lo transforma en una experiencia poética y conmovedora. Al final, la película deja una sensación duradera: todos llevamos dentro un poco del creador y un poco de la criatura y solo al aceptar esa dualidad podemos comprender lo que significa estar vivos.


Reseña

Adrián Salas Muñoz

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